miércoles, 24 de octubre de 2012


MI NOVIO TRABAJA EN UNA FARMACIA

Terminé la carrera de Letras y me puse de novia con un farmacéutico. Me acuerdo perfecto la noche que lo conocí. Él estaba con su remera de Black Sabbath y una cerveza agarrada como si fuera un termo, riéndose, mostrando los dientes un poco desparejos los de abajo.
Como siempre, no fui yo quien primero le habló sino una de mis mejores amigas, Yani. Se le acercó y le pidió cerveza, ni le mencionó lo de la remera, ni le interesaba, o más bien claramente no la conocía ni la conoce ahora. ¡Black Sabbath! A ella no le importa la música. Yo tengo posters de Jimmy Page y Robert Plant fotocopiados en mi cuarto, tengo otro de unos tipos colgando de una viga a cien metros de altura mientras descansan de laburar edificando el Empire State. Tengo también muchos libros, claro, siempre fui abanderada y todo eso.

Pero en ese momento olvidé las fotos de mi cuarto, simplemente quería que me gustara la cerveza, que realmente me gustara hasta el punto de ponerme borracha, no con una cerveza, sino con tres por lo menos. Sabía que era imposible, y sabía que no tenía nada para decirle más que “qué buena remera”. Decidí acercarme con eso nomás y justo cuando encaré para su lado, luego de que mi amiga se había aburrido de él aparentemente, él arrancó para la cocina, en busca nuevamente de cerveza.
Me hice la boluda esperando contra la puerta del comedor y agarre impulsivamente el celular para ver la hora. Eran las 2.40 de la mañana, me sentía cansada y nadie pensaba salir de esta casa en la cual me encontraba.

Me acuerdo que las primeras salidas después de recibirme no paraba de contarles a todos que me había recibido, me sentía contenta, feliz, satisfecha pero prontamente me preguntaban qué iba a hacer y me hundía en una depresión fatal. Me molestaba. Me molestaba no solamente no saber responderles (porque en el fondo no sabía qué hacer), sino también que no tuvieran otra reacción posible. La vida siempre se trata de partir, nunca de llegar.
Recuerdo que también por ese entonces los preboliches se convertían en agitados debates políticos sobre si Cristina Kirchner merecía seguir gobernando o no. Al principio tomé los valores que me inculcaron mis padres y afronté cada discusión haciendo gala, sin fanfarronear demasiado, de mi lectura sobre todo del Facundo, uno de los mejores tres libros de la literatura argentina según Jorge Luis Borges. Claro, casi 200 años antes un tipo delineó los caracteres de todos los argentinos, su paranoia y su contradicción esencial: rechazar lo que lo identifica. Rechazar al gaucho, rechazar lo otro y reclamar desde la periferia, toda la occidentalidad como propia. Una civilización preparada para el Peronismo y el Militarismo años antes de que estos fenómenos cobraran nombre. Con la lectura del Facundo me sentí convalidada y feliz de saber mi familia radical. No pude más que reírme cuando me dijeron que Sarmiento había anotado “orgía con varias mujeres” en los gastos presidenciales, cuando se fue a su Francia bienamada.  

Pero este joven con remera de Black Sabbath, que luego me diría que fue un gran regalo de una amiga de él con quien asistió a clases de yoga, no le interesaba la política. Según él “hacemos la guerra porque estamos aburridos”. Luego de salir un mes, me confesó que esa idea la había sacado de un tal J.P Zooey que justificaba el nacimiento del Rock por la ausencia de un divertimento, mejor dicho, una ocupación para chicos inquietos.

Mi futuro novio era justamente eso, un chico inquieto. Le gustaba leer muchísimo pero temas de construcción y obviamente, farmacología. Me acuerdo de esa noche que me nombró 10 marcas de Enalapril y otras 5 de Metformina. Me contó que en un recital había repartido viagra gratis porque creía que solo si el sexo es un acto de curiosidad el amor puede ser un acto de conocimiento y no al revés. A veces no entendía de donde sacaba estas ideas, algunas solían ser complicadas hasta el hartazgo, me decía que le molestaba que la gente no le gustara Rayuela, a su entender, lo mejor de Julio Cortázar junto con El Perseguidor.  Le encantaba la música. Para él la música decía más verdades que un sacerdote y que Jesús tendría que haber cantado sus evangelios. Pero esto fue hasta que empezó a leer poesía y disfrutó de la palabra hablada. Creo que también empezó a escribir poemas o hasta raps. Según supe, una noche en que estaba muy borracho con sus mejores amigos, se subió a un escenario donde habían tocado una de sus bandas favoritas, Hola Pendeja,  y rimó hasta volver tropezando a la pista de baile.

Yo le mostré recién a la tercera salida, solo porque me insistía, y él insistía un montón, mi monografía sobre Philip Larkin. Le comenté que a Larkin no le gustaban los poetas Beat y amenazó con irse de la mesa. Me dijo: “todo se arregla con cerveza barata”. Pero yo no entendía lo de “barata”. Yo tomaba casi nada y mi sueldo de profesora me daba para ahorrar. Él, por su parte, me decía que porque más que gastara mucha plata algo ahorraba y pensaba antes de fin de año pedirle un aumento a su jefe y así poder irse a vivir solo para “hacer lo que tenía que hacer”.

Recuerdo la noche que lo conocí.

Jamás pensé que me iba a gustar más allá de su remera, había aprendido a no ilusionarme con los pibes, es más, tenía la firme conclusión de que en el fondo ellos eran más complicados que nosotras. Y si bien, una vuelta se llegó a comparar con Vicente Huidobro (una vuelta que me acompañó a comprar un jean en Rapsodia) tenía razón en algo. Me dijo: “Si yo soy re complicado vos lo sos más porque me elegiste a mí”.

…Fui hacia él y le dije que me gustaba su remera y que lo veía tomando mucha cerveza. Me respondió que no pasaba nada, él era farmaceútico y como farmaceútico conocía un protector hepático de un buen laboratorio “careta”…

…No le conté que me había recibido, le dije que me cansaba que todos hablaran de política y me dijo que él también le cansaba. Me dijo que no tenía la valentía para comprometerse, ni siquiera con una mujer que amara. Le dije que eso era triste y que ya llegaría alguien que le haría cambiar de opinión. Me dijo que le daba igual con tal que la cerveza fuera barata, sino para él, para la gente que realmente trabaja demasiado. Sentí que la cosa se volvía política nuevamente y me asfixié. No sé si lo notó o si tuvo suerte pero me dijo luego de agarrar su celular: “Hay una fiesta en Martínez donde toca una banda copada, no es Black Sabbath, es más Fela Kuti” y se río. No sabía quién era Fela Kuti y solo para quedar canchera no le pregunté. Le dije a una amiga que estaba aburrida sentada en el sillón si tenía ganas.

Todo el viaje de ida, mi nuevo amigo habló con ella y sentí que había perdido al menos un beso o algo, no sé. Pero finalmente fue al revés, en el medio del baile entre gente muy transpirada y distinta a mí, me pidió robarme un beso…

Le dejé que me diera un beso en el cachete y sin darme cuenta nos agarramos de las remeras. Estábamos transpirados y yo estaba cansada. Esa noche soñé con él.

Me molestó que no me hablara tanto como con mi amiga. Con mi amiga era re hablador, parecía tener un montón de frases hechas. Después me dijo que había averiguado que yo era Licenciada en Letras y que acababa de recibirme y no quería quedar como un pelotudo.

Era un pelotudo igual, porque después de estar de novios por un tiempo me decía que no tenía ganas de llamarme, que no tenía crédito. Lo odié y le deseé que nunca le aumentaran el sueldo. Por el otro lado cuando se emborrachaba me prometía regalos, salidas al cine, salidas a comer al Club Social Beccar sobre Av. Centenario, todo si le subían el sueldo. La plata le obsesionaba. Le obsesionaba también no hablar en los transportes públicos: “todos te escuchan”. Yo le decía que tenía un problema de ego y que se pensaba demasiado interesante. “Todo es interesante” respondía al instante, y me retrucaba nombrando películas y películas de su canal favorito: I-Sat.

Era un pelotudo igual porque un día me hacía sentir bien y otro mal. Era un pelotudo porque no podía dejarse llevar. “No soy un carrito de supermercado donde metés lo que querés y me empujás y listo ya tenés todo lo que vos elegiste para vos”. Le gustaban los supermercados, la oferta lo calmaba. La oferta de cosas y no de gente. “Imaginate que no hubieran tantas chicas, sería mucho más fácil”. Yo le decía que entonces iba a empezar a ficharle el bulto a los pibes. “No es lo mismo, las tetas están al frente, se ven, se mueven, brillan, son blancas, negras, tienen picos y resortes” “¿Resortes?” “Sí, por eso son histéricas, porque tienen resortes: nos rebotan. Nos rebotan con sus tetas, sin hablarnos, solamente con rozarnos un cachitín”.

Yo soy muy celosa y no puedo no saber en qué anda. Él me dijo que solo si viviéramos juntos podría existir tal ambición, que era inútil tratarlo mientras viviéramos en las casas de nuestros padres. Me acuerdo que una vez me contó que le encantaban las palabras con el enclítico des-. Descafeinado, despilfarrar. Una la había leído en un blog, otra se la escuchó al cantante de Agrupasión Pazión y le pareció exacta.

“Hay gente que sabe hablar, que sabe donde entonar” yo trato de que mis palabras pesen o vuelen, nunca que se queden flotando como un cacho de pan en una fondue. No lo decía por su negación a lo cotidiano o a lo grotesco, lo decía porque decía que yo hablaba mucho. “Soy una persona fluida” le afirmé varias veces. Mi apellido significa río. “Vos nos sos fluida, por eso tenés que hablar, si fueses fluida te bastaría con respirar y sonreír”.

Su apellido significa pescador. Me deleita encontrar esas concordancias del destino.

Le gustaba mucho la música electrónica y yo le preguntaba si él realmente creía que los Dj´s de ahora eran lo mismo que músicos. No tenía respuesta, me dijo, existen Charlie Parkers, Jim Morrisons, Joni Mitchells, Frank Zappas. Músicos movidos por la música. No le entendía mucho, después me hablaba de James Brown o de La Costa Crew, o de Nikita Nipone. Una vez que hablamos un montón, mientras tomábamos mate, me dijo:
“Estoy feliz. ¿Sabés porqué?”
“¿Por qué? Dije.
“Porque los hombres cuando están felices hablan, hablan mucho”.

Supongo que por eso le parecía importante que no le hablara tanto. Él quería saber realmente cuando yo estaba feliz o no. Era su manera de ser un buen pibe aunque en el fondo decía que tenía muchas ganas de ir a una feria de arte y tajear un cuadro.
“no sé, ¿Vos no lo harías? Y se quedaba mirándome…

“¿Entrar con un cuchillo de cocina y cortar así nomás?”
“Sí, enfrente de todos… esperando que no esté el artista ahí, ¿mejor no?”.
“Ni loca, ¿Qué ganás con eso?”
Y entonces se iba a poner más agua a la pava o cambiaba de tema o esperaba que yo lo cambiara.

Tantos años escribiendo pequeñas anotaciones en cuadernitos, mariposas, frases de Poe, y casi que no puedo creer que me haya animado a escribir esto. No sé que significa, ni porque me quise contar a mí misma lo que ya sé, supongo que la escritura y la lectura nos devuelven a algún lugar… nos callamos, y luego las palabras también se desvanecen, y nos quedamos dormidos, una noche, una tarde, un momento donde la vida no nos necesita y podemos ser nuevamente libres.


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